Las primeras gotas en el
parabrisas
se sentían como unas de sus
muchas lágrimas
llenas de maquillaje cayendo
sobre mi clavícula.
Poco después una cortina de lágrimas
llenó cada minúscula zanja de mi aliento,
cerré los ojos por miedo o quizás
desasosiego,
buscando un refugio de sus olas
o de los huracanes en los que me
sentía
cada una de las veces que nos
abrazamos sin cobardía.
Me imaginé sobre un bote
remando sobre un imperturbable
mar,
después de unos pocos segundos
una cascada de agua por la
ventana
y un ruidoso claxon en su pasar
sacaron mi cuerpo ahogado de ese
lugar,
de nuevo a la realidad.