Lo último de nosotros
fue un cigarrillo sobre el tejado,
y el viento en dirección contraria
sólo lo avivaba.
Aspirar una última vez,
una adicción no deja de ser,
para ver cómo se apaga
esta vez por el aliento.
Luego la colilla
-negra como la negra-,
se irá por el agujero
de mi pecho o del lavadero.
Mientras navega entre mis lágrimas,
me invade el vértigo,
de ver hacía abajo
o a través del tiempo.
No es el dulce final lo que nos hiere,
es un eterno desenlace lo que nos mata,
el pasar del tiempo sin que pasemos,
qué sabor amargo tiene el alma
de quien ama y no se ama,
diferente a la lengua
de quién abre sus puertas
a unas manos ajenas.