No soy un hombre de rituales, pero debo confesar que hay lugares de mi cuerpo que no lavo, lo digo sin algún tipo de vergüenza, conservo esos espacios en mi templo intactos con la esperanza que en algún momento que la extrañe pueda tocar una mínima esquina de ese lugar con la fuerza suficiente para levantar el olor de su perfume en mi piel una vez más, me pasa igual con el cabello, tengo algunos de ella enredados en mi cabeza, incluso unos varios me llegan hasta la espalda, no los peino, porque cuando paso mi mano motivada por la desesperación sobre mi cabeza, sólo encuentro enredada la paz que siempre me da.