Me habitaba solo en el balcón, mirando a la puerta hasta que el sonido de
las llaves fue anfitrión del rechinar de la puerta, te vi caminar hacia mí
mientras sonaba Mujer Divina pero no la de Joe Cuba, la de Natalia Lafourcade. Tu
caminar con sensualidad nos llevó a estar de frente, a un par de centímetros,
vi tu cara cambiar y te besé con calor, tu cuerpo sin compasión siguió
caminando en la misma dirección, prensando mi cuerpo contra la barandilla, eran
tan fuerte tu empujar que empecé a trepar los peldaños de espalda, pues de tu
boca no me iba a soltar.
Llegó el momento, estaba afuera del balcón -todavía besándonos-, levitando y
tú aún podías tocar el suelo, lloré porque en algún momento pensé que sólo yo
iba a caer, sin embargo, antes de empezar a recordar toda mi vida, tú empezaste
a subir uno a uno, hasta quedar sentada sobre la orilla, bajaste en un pequeño
brinco y ¡TARÁN!, ninguno de nosotros cayó.
El mismo besar nos acostó en el aire, aunque no entendí porque nos movíamos horizontalmente
en un eterno desplazar, estaba bien estar colgando de tus labios y tú del fondo
del cielo. Me pregunto si algún día cuando nos dejemos de besar, caeré yo o
quizás tú, probablemente los dos, quizás de pie o ambos de pecho.