Desde la
última vez que no me despedí, me he vuelto mil cosas, un jardín al que tengo
que regar todos los días si quiero ver crecer flores, un cántaro al que le cambié el
agua gota a gota, un templo al que no dejo entrar con zapatos puestos ni tocar
ninguna de sus esculturas, aunque de vez en cuando hago un recorrido para que
algunos puedan ver los lienzos. Cada día es más fácil entenderme como una cosa,
una gran cosa con ansia de romperse la quijada para devorar el sonido de eco y
del perdón, para vivir de nuevo una vez más como un sujeto.