Las gotas frenéticas
cayendo sobre mi pecho, rompiéndose en moléculas con ancas de rana, mientras en
el suelo las ondas empiezan a chocar con las baldosas iluminadas por a fría luz
blanca, que ciertamente frente al espejo hace de juez; la piel se arruga como
tela usada, mientras alguien intenta abrir abruptamente la puerta con la esperanza
de encontrar el amor de su vida muerto. Solamente con detenerse a tocar dos
veces bastó para que el cuerpo de aquel caballo de mar saliera a retorcerse sobre
el tapete de su hogar, por primera vez un hombre ahogado volvió a respirar.