martes, marzo 12
Plumas y oro alado.
A Mercurio (Hermes para los griegos) llegué corriendo sin prisa aunque dejé un rastro de sudor a mi paso, muy evidente puesto que en las nubes lo humano se hace gotas incluso las lágrimas se vuelven redondas; exaltado por el rastro me mandó a buscar su casco alado qué dejó caer en un tiempo que aún no ha pasado, un destello bastó para abrir los ojos en un lugar gris y cuadrado, carente de oro y el poco que encontrabas lo podías ver atrapado en tela y aluminio en unos contenedores de cristal, al parecer ahora es más preciado que lo que era, caminé siguiendo las direcciones del reloj hasta que vi una musa saltar con cierta facilidad, sólo algunos seres alados podrían hacerlo con esa destreza en esta gravedad. La seguí cauteloso a través de las horas, alguien quien salta levemente en vez de caminar humana no podría ser, la felicidad humana en su mayor umbral poco más que una carcajada permite. Sólo hasta que se sentó a ver el cielo pude acercarme con alguna formalidad. Con suspicacia me vio caminar hacía ella, al tocar sus dedos ensordeció el silencio, era ella quién tenía el casco alado, lo pude sentir, como entendí que no lo devolvería. Con su compañía seguimos el reloj hasta que en una interminable sábana blanca que ondeaba en un lugar sin brisa, por fin encontré las alas del casco en sus caderas. "Para devolverlo debes ponértelo" dijo mofandose de mi. Entonces con la sed de Baco devoré el vino que yacía en su vacija. El casco nunca volvió a Mercurio y yo cada vez que puedo me sumerjo en el cielo.